Ada Byron, la programadora del futuro

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Ada Augusta Byron King, condesa de Lovelace

Cuando empecé la carrera, hace ya algunos años, el profesor de programación planteó un trabajo voluntario de investigación. No era lo habitual, y ningún otro volvió a hacerlo después. Cuando propuso los temas llamó mi atención el nombre de Ada Byron, ¿quién sería esa chica que se había colado en mi clase de programación? Lógicamente no presté atención al resto de temas, yo ya había hecho mi elección. No recuerdo qué descubrí en aquella primera investigación y a saber qué escribí. Lo que sí está claro es que Ada se quedó conmigo y a lo largo de los años me la he encontrado en numerosas ocasiones.

 

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“Ada Lovelace. La encantadora de números”, pequeña exposición que pude visitar este verano en el Espacio Fundación Telefónica.

Ada, para mí, siempre ha sido Byron. Supongo que su apellido también llamó mi atención en esa clase de programación. Y sí, Ada era hija de Lord Byron, la única hija legítima, pero que nunca llegó a conocer. La típica familia desestructurada, el padre era un libertino con una relación dudosa con su hermanastra y un humor tempestuoso… O eso cuentan, recordemos que la sociedad de la época era demasiado encorsetada y que Lord Byron era poco convencional, además de un romántico, sí, de esos que hacen buena poesía, pero cuyo carácter es poco estable. La cuestión es que la madre de Ada, Anna Isabella Milbanke, decidió que era mejor huir de su lado y alejar a su hija de semejante influencia. Por su parte, Byron optó por huir de Inglaterra y de los escándalos que lo perseguían. Nunca regresó.

Pues eso, que Ada vino al mundo un 10 de diciembre de 1815, en un ambiente un poco turbulento, pero su madre cogió las riendas rápidamente, la apartó de la locura y dispuso que su única hija recibiera una educación tan esmerada como la suya había sido. Anna impuso a Ada desde bien pequeña un estricto horario de trabajo, y se aseguró de despertar en ella pasión por las matemáticas. No hace falta decir que lo logró. Entre los profesores que tuvo Ada podemos destacar a la mismísima Mary Sommerville, renombrada matemática de la época. Tanto Ada como Anna mantuvieron una larga relación de amistad con Mary.

Desde pequeña, Ada tuvo una salud delicada, y muchos pensaban que era debido a que una constitución femenina no podía soportar tanto trabajo intelectual. El mismo De Morgan, que también fue profesor de una Ada ya adulta, dijo que necesitaría “toda la fuerza de la constitución de un hombre para sobrellevar la fatiga de pensamiento que sin duda acabaría padeciendo”. De Morgan estaba preocupado porque su alumna quería aprender más de lo que él consideraba apropiado para una dama… Ay, De Morgan, tú y tus leyes…

Lo cierto es que además de la salud, Ada tenía otros problemas. Por aquel entonces ya se había casado, añadiendo a su nombre el apellido King y más tarde el título de condesa de Lovelace. Ada no llevaba nada bien la vida de madre y esposa, la agobiaban las responsabilidades de su condición, no era muy fan de la monogamia, y no soportaba estar apartada de la vida intelectual.

 

 

Por suerte tuvo a su lado un buen amigo que la apoyó y junto con el que trabajó gran parte de su vida, Charles Babbage. Se conocieron cuando ella tenía 18 años y él la fascinó con sus inquietudes mecánicas. Babbage tenía entre manos construir una máquina que realizara cálculos matemáticos: la máquina analítica. Esta idea fascinó a Ada y a lo largo de los años le dieron muchas vueltas al asunto. Mientras Babbage trataba por todos los medios de sacar su máquina adelante, Ada se casó, tuvo hijos, se agobió y volvió a las andadas: a los 26 años le dijo a Babbage que quería colaborar con él. Su primer objetivo era traducir el artículo que Luigi Federico Menabrea, científico italiano, había escrito sobre la máquina de su amigo. Sin embargo, Ada fue más allá, mucho más allá, acabó escribiendo sus Notas en las que hace un estudio pormenorizado del funcionamiento de la máquina analítica de Babbage y añade como anexo la traducción del artículo de Menabrea. En estas Notas, Ada describe todas las posibilidades que le ve a la máquina, aplicaciones que ni el propio Babbage había pensado y que ni siquiera le preocupaban. Aunque la máquina de Babbage era una calculadora, Ada intuyó que se podría automatizar cualquier proceso que implicara tratamiento de datos e incluso pensó que podría digitalizarse la música, Ada estaba vislumbrando el futuro, estaba dando a luz a la informática. Distinguió entre datos y procesamiento y propuso el uso de tarjetas perforadas para la comunicación con la máquina. En sus notas detalló las operaciones que debía seguir la máquina para que esta devolviera los números de Bernouilli, escribió un algoritmo, o lo que es lo mismo, el primer programa de la historia, convirtiéndose así en la primera persona programadora. Ada publicó sus Notas añadiendo sólo sus iniciales, pero pronto se supo que la autora era una mujer y su trabajo dejo de ser tomado en serio. Y aquellos hechos que nunca debieron caer en el olvido, se perdieron en el tiempo. La historia se convirtió en leyenda. La leyenda se convirtió en mito, y… Por suerte no pasaron 2500 años.

Después de su gran obra, todo fue cuesta abajo, Ada se echó a las carreras de caballos y junto con sus amigos quiso predecir matemáticamente los resultados, cosa que no lograron y que la hizo entrar en una triste espiral de problemas económicos y personales.

Finalmente, otra enfermedad se apoderó de ella, una cruel que se instaló en su útero y acabó con su vida, un cáncer. Pero para dar en la cabeza a De Morgan y todos los que pensaban que su actividad intelectual haría mella en ella, Florence Nightingale, la precursora de la enfermería moderna, escribió: “Decían que nadie podía haber vivido tanto tiempo si no fuera por la tremenda vitalidad de su cerebro, que parecía que nunca iba a desfallecer”. Y un 27 de noviembre de 1852 Ada moría, con tan sólo 36 años, la misma edad que tenía su padre cuando murió, la misma edad que tiene la que escribe estas palabras.

Y como decía, no pasaron 2500 años, el nombre de Ada Byron es hoy reconocido, se la considera la primera persona programadora de la historia y en su honor, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos nombró el lenguaje de programación Ada en 1980. Desde entonces han aparecido medallas y competiciones, edificios y días que tratan, no sólo de honrarla a ella, sino dar visibilidad a todas esas mujeres que se perdieron en la historia.

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